Novena a la Virgen del Carmen
Del 8 al 16 de julio
La Virgen del Carmelo: En el libro de los Reyes (1Re 18,19-46) se narra el episodio del final de la sequía en Israel (a Elías se le recuerda por el histórico desafío entre el profeta (que hace valer el poderío del Dios único) ante los 450 sacerdotes de Baal). El siervo del profeta Elías estaba sentado en la cima del monte cuando vio subir del mar una nubecilla en forma de mano humana que en poco tiempo trajo una lluvia abundante para la tierra y para todo el pueblo sediento. Místicos y exégetas, en los albores del cristianismo, han vsto en esta «nubecilla» la imagen de la Virgen, pues con la Encarnación y el nacimieinto de Jesús nos ha procurado la mayor lluvia y bendición, que da vida abundante y fecunda el mundo.
Carmelitas: Más tarde, los discípulos de Elías levantaron un templo a la Virgen María en la cumbre del Monte Carmelo, en el lugar mismo desde donde Elías viera la nube, que figuraba la fecundidad de la Madre de Dios. Estos religiosos se llamaron Hermanos de Santa María del Monte Carmelo (carmelitas), y pasaron a Europa en el siglo XIII , con los Cruzados, aprobando su regla Inocencio IV en 1245, bajo el generalato de San Simón Stock.

Escapulario: Llevando el escapulario, que es la reducción del que llevan los Carmelitas, se participa en todos los méritos y oraciones de la Orden y pueden esperar de la Santísima Virgen verse pronto libres del Purgatorio, si hubieran sido fieles en observar las condiciones impuestas para su uso.
Temario: 1º. Dispensadora de todas las gracias, 2º. Meditaba todo en su corazón. 3º. Intercesora en los peligros. 4º. Protector de los hombres del mar. 5º. Consuelo de los afligidos. 6º. Modelo de intimidad con Dios. 7º. Madre de las personas consagradas. 8º. Auxilio de las Almas del purgatorio. 9º. Fiel cumplidora de las promesas de su santo escapulario.
Salve Marinera: Salve Marinera en el Día del Carmen: las cofradías de pescadores y embarcaciones de municipios de la costa participan en procesiones con su Patrona, la Virgen del Carmen.
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Oh Dios, santificador y guía de tu Iglesia, celebramos tu nombre con alabanzas jubilosas, porque en este día tu pueblo quiere dedicarte, para siempre, con rito solemne, esta casa de oración, en la cual te honra con amor, se instruye con tu palabra y se alimenta con tus sacramentos.
Este edificio hace vislumbrar el misterio de la Iglesia, a la que Cristo santificó con su sangre, para presentarla ante sí como Esposa llena de gloria, como Virgen excelsa por la integridad de la fe, y Madre fecunda por el poder del Espíritu.
Es la Iglesia santa, la viña elegida de Dios, cuyos sarmientos llenan el mundo entero, cuyos renuevos, adheridos al tronco, son atraídos hacia lo alto, al reino de los cielos.
Es la Iglesia feliz, la morada de Dios con los hombres, el templo santo, construido con piedras vivas, sobre el cimiento de los Apóstoles, con Cristo Jesús como suprema piedra angular.
Es la Iglesia excelsa, la Ciudad colocada sobre la cima de la montaña, accesible a todos, y a todos patente, en la cual brilla perenne la antorcha del Cordero y resuena agradecido el cántico de los bienaventurados.
Te suplicamos, pues, Padre santo, que te dignes impregnar con santificación celestial esta iglesia y este altar, para que sean siempre lugar santo y una mesa siempre lista para el sacrificio de Cristo.
Que en este lugar el torrente de tu gracia lave las manchas de los hombres, para que tus hijos, Padre, muertos al pecado, renazcan a la vida nueva.
Que tus fieles, reunidos junto a este altar, celebren el memorial de la Pascua y se fortalezcan con la palabra y el cuerpo de Cristo.
Que resuene aquí la alabanza jubilosa que armoniza las voces de los ángeles y de los hombres, plegaria por la salvación del mundo.
Que los pobres encuentren aquí misericordia, los oprimidos alcancen la verdadera libertad, y todos los hombres sientan la dignidad de ser hijos tuyos, hasta que lleguen, gozosos, a la Jerusalén celestial.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén (Rito de dedicación).]]>

El elegido para el diaconado se acerca al obispo y se arrodilla ante él. El obispo le impone las manos sobre la cabeza en silencio. Arrodillado el elegido ante el obispo, este, con las manos extendidas, dice la oración de consagración:
Escúchanos, Dios todopoderoso, que distribuyes las responsabilidades, repartes los ministerios y señalas a cada uno su propio oficio; inmutable en ti mismo, todo lo renuevas y ordenas y con tu eterna providencia lo tienes todo previsto y concedes en cada momento lo que conviene por Jesucristo, tu Hijo y Señor nuestro, que es tu Palabra, tu Sabiduría y tú Fuerza.
Tú haces crecer a la Iglesia, Cuerpo de Cristo, y, enriquecida con dones diversos, hermosamente construida con miembros distintos y unificada mediante admirable estructura, la edificas como templo de tu gloria.
Así estableciste, Señor, que hubiera tres órdenes de ministros para tu servicio, del mismo modo que en la Antigua Alianza habías elegido a los hijos de Leví para que sirvieran al templo, y, como herencia, poseyeran una bendición eterna.
Así también, en los comienzos de la Iglesia, los Apóstoles de tu Hijo, movidos por el Espíritu Santo, eligieron, como auxiliares suyos en el servicio cotidiano, a siete varones, tenidos por fieles testigos del Señor, a quienes, mediante la oración e imposición de manos, dedicaron al servicio, de los pobres, para poderse entregar ellos con mayor empeño a la oración y al servicio, de la palabra.
Te pedimos, pues, Señor, que mires también con bondad a éstos, tus siervos, que por mi oración consagro para el orden del diaconado y el servicio del altar.
Envía sobre ellos, Señor, el Espíritu Santo, para que, fortalecidos con tu gracia de los siete dones, desempeñen con fidelidad su ministerio.
Resplandezcan en su vida todas las virtudes: el amor sincero, la solicitud por los enfermos y los pobres, la autoridad moderada, la pureza sin tacha y un vivir siempre según el Espíritu; que tus mandamientos, Señor, se vean reflejados en su vida, y que, el ejemplo de su castidad suscite la imitación del pueblo santo; que sostenidos por el testimonio. de su buena conciencia, perseveren firmes y constantes en Cristo, de forma que, imitando en la tierra a tu Hijo, que no vino a ser servido, sino a servir, merezcan reinar con él en el cielo.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.
Acabada la oración de consagración, el obispo se sienta con la mitra puesta. El ordenado se levanta y algunos diáconos o presbíteros imponen al ordenado la estola según el modo diaconal y lo revisten con la dalmática. El ordenado, con las vestiduras diaconales, se acerca al obispo, que entrega a cada uno el libro de los Evangelios, diciendo:
Recibe el Evangelio de Cristo, del cual has sido constituido mensajero; convierte en fe viva lo que lees, y lo que has hecho fe viva enséñalo, y cumple aquello que has enseñado (Ritual de Ordenaciones).
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Sed bienvenidos a esta celebración de la Vigilia de Pentecostés. Se nos dice en los Hechos de los apóstoles «cuando llegó el día de Pentecostés estaban reunidos y se llenaron todos de Espíritu.»
Celebramos hoy la fiesta del Espíritu Santo, día de la Acción Católica y del Apostolado seglar. En este tiempo de dolor e incertidumbre, somos invitados a la Esperanza, somos impulsados a soñar que otro mundo es posible. Somos pueblo de Dios en salida, peregrino por la tierra, siguiendo a Cristo y guiado por su Espíritu «CONSTRUYENDO LOS SUEÑOS, JUNTOS». Desde que empezamos a caminar no debemos detenernos jamás y hemos de mejorar, constantemente, el ritmo. Los laicos como Iglesia hemos de estar unidos viviendo los valores de la humildad, comprensión, FE, ESPERANZA y AMOR, teniendo como referente a CRISTO. Que El Espíritu Santo nos ilumine y seamos capaces de transmitir la alegría del Evangelio, para que podamos ser luz en un mundo con muchas sombras. El Señor nos quiere alegres. Ojalá algún día cada uno de nosotros podamos escuchar la voz de JESÚS diciéndonos: «Te veo reír y no sé cuál de los dos es más feliz».
Nos unimos también al gozo de estos hermanos nuestros en la fe que recibirán, en esta celebración, el Espíritu Santo por medio del Sacramento de la Confirmación. Pidamos que la fuerza del Espíritu nos haga a todos semillas del Evangelio. “Celebramos la vigilia de Pentecostés; imitando a los apóstoles y discípulos, que, con María, la madre de Jesús, se dedicaban a la oración, esperando el Espíritu prometido por el Señor, escuchemos ahora, con atención y reposadamente, la Palabra de Dios. Meditemos los prodigios que hizo Dios en favor de su pueblo y pidamos que el Espíritu Santo, que el Padre envió como primicia para los creyentes, lleve a plenitud su obra en el mundo”.















